Amanda M.

La contradicción en la vida de un hijo adoptivo.

Si hay una cosa con la cual, la mayoría de los hijos adoptivos, pueden sentirse identificados, creo que es la presencia constante de la contradicción. Nuestras vidas están conformadas de esto, pero también de aquello, generalmente en lados opuestos. Vivir en esta contradicción es todo un desafío. Un desafío a sentirse cómodo con determinada situación y un desafío a dejar ciertas cosas atrás (si eso es posible).

Nací en Colombia. Me adoptaron cuando tenía un año y medio, y me llevaron a vivir a Suecia. Mi vida antes de haber sido adoptada es un agujero negro. La información que tengo es escasa, sin detalles reales a los que aferrarse. No tengo memoria de no haber sido hija adoptiva. No tengo memoria de otros padres que no sean los que me adoptaron. No tengo recuerdos de un tiempo antes de tener un hermano adoptivo, también de Colombia.

Amanda M.

Crecí sin saber mi historia de adopción completa. Mis padres habrían estado dispuestos a compartir cualquier información que tuvieran si yo hubiera querido saber, pero yo no quería. Pensaba que era mejor no saber. Para mí, todo estaba en el pasado. A cualquiera que me preguntaba le decía que me sentía bien por haber sido adoptada, que estaba agradecida porque mis padres habían podido hacerlo tan natural, y que yo era un ejemplo de una historia de adopción exitosa. Era sólo un hecho. Fui adoptada. Y no tenía ningún interés en hacerme una prueba de ADN para averiguar algo más.

Con la introducción de las pruebas de ADN en el mercado general, mi marido me preguntaba si quería hacerme una, pero mi respuesta siempre era no. Sí quería ir a Colombia para conocer la cultura, la gente y el país en general, pero no me interesaba buscar a nadie que pudiera estar relacionado biológicamente conmigo. En esa época, para mí, la mujer que me había dado a luz era más un concepto que una persona real, y ciertamente no pensaba en ella como madre.

Tengo un hermano con el que me llevaba bien hasta los primeros años de la adolescencia. Me encantaba la casa en la que vivíamos, el jardín de mi casa en el que jugaba, la escuela a la que iba y el tiempo libre que tenía para jugar con mis amigas. Nunca pensé en Colombia como en mi país de origen, nunca pensé en mí misma como si tuviera otra familia, y mucho menos una familia biológica. No me sentí abandonada. No tenía una visión negativa de mí misma o de mi vida en relación a haber sido adoptada. Podría seguir hablando de lo grandiosa que fue mi vida como hija adoptiva, y de lo poco que pensaba que ser hija adoptiva me había afectado, y de lo orgullosa que me sentía de serlo, y todo era verdad. Cada palabra. En ese momento.

Recuerdo que la manera en que veía a mi familia y mi rol en ella, empezó a cambiar cuando tenía 9 años. A medida que mi punto de vista fue cambiando, tuve nuevos sentimientos, que me costó entender. Incluso en esta vida positiva de hija adoptiva, me di cuenta de que había un sentimiento subyacente de culpa que se contradecía con esos sentimientos de orgullo. Sentimientos de culpa que un niño no debería sentir. Empecé a cuestionar mis vínculos. Me sentí desconectada de la única familia que tenía, lo que me hizo pensar que algo andaba mal conmigo. Saber que tenía parientes biológicos en alguna parte, que no conocía, de los que no tenía memoria y que probablemente nunca conocería, me hizo sentir como si algo me faltara. Pero no me animaba a enfrentar esto. Tenía un buen hogar y no podía soportar la idea de destruir la soñada “familia feliz” de mis papás.

No podía entender de dónde venían todas esas emociones contradictorias, entonces las disimulé. Me quedé callada. Me las guardé para mí misma. Enterradas en lo más profundo. Y así, negué una parte de mí misma.

Ahora, ya una mujer adulta con una nueva visión de mi propia experiencia, reconozco que la parte de “todo es perfecto” de mi historia fue en realidad un mecanismo de defensa que me protegió del trauma subyacente de haber sido separada de mi madre biológica, de mi cultura, idioma y lugar de nacimiento. Ni siquiera me daba cuenta hasta hace poco, de la negación con la que vivía mi vida. Había redefinido mi propia realidad y percepciones para protegerme de la desilusión, los sentimientos de rechazo y abandono y todos los demás sentimientos contradictorios que estaba experimentando….

 

  • Confianza e inseguridad
  • Sociable/extrovertida y antisociable/introvertida
  • Necesidad de estar rodeada de gente y querer estar sola
  • Madura y sin embargo infantil
  • Feliz por fuera y herida por dentro
  • Ser feliz con mi vida, y siempre sentir que algo me faltaba
  • Sentir que puedo pertenecer, pero sentir que no pertenezco
  • No desear que mi adopción no hubiese ocurrido, pero también preguntarme qué habría pasado si no se hubiese llevado a cabo.
  • Mirarme en el espejo y no saber realmente quién soy
  • Finalmente sé que no estoy sola. Estos son conflictos que comparto con muchos hijos adoptivos.

Los sentimientos de contradicción con los que luché no habrían sido un problema si hubieran sido aceptados, reconocidos y validados. Es una gran parte de quienes somos, como hijos adoptivos. Dejar de lado nuestros sentimientos, esconderlos o guardarlos para nosotros mismos, o pensar que tenemos que proteger los sentimientos de quienes nos rodean, no es una manera de vivir saludable. Tenemos que ser capaces de explorar estos sentimientos, de una manera sana para poder aceptarlos y trabajarlos. Para esto, necesitamos el apoyo de las personas que nos rodean, principalmente de nuestros padres (adoptivos), y especialmente cuando somos niños.

En el último año y medio, desde que decidí desenterrar estos sentimientos y rever toda mi historia de adopción y lo que significó para mí. Me di cuenta de que si mis padres hubieran tenido el apoyo indicado y hubieran sabido de las cosas que yo (hija adoptiva) podría haber experimentado, se habrían asegurado de conectarse más conmigo, y se habrían asegurado de abrir una puerta de comunicación conmigo. Habrían sabido no confundir mi distancia con seguridad o rechazo con independencia. Yo habría entendido de dónde venían mis emociones contradictorias, y no me habría sentido culpable por ellas. Habría comprendido que mis padres no se comunicaban conmigo porque simplemente no sabían cómo hacerlo. Habría sabido que mis padres hicieron lo mejor que supieron hacer, y no me habría resentido con ellos. Habría sabido que algunos, si no todos, los comportamientos problemáticos de mi hermano, tenían todo que ver con la separación y el abandono, y luego su adopción.

Irónicamente, si no hubiésemos tratado de ser la “familia perfecta”, la familia con vínculos fuertes, la familia que hacía cosas juntos y la familia que disfrutaba de la compañía del otro, creo que mi vida como hija adoptiva podría haber tenido la oportunidad de disminuir las contradicciones y expectativas, para reemplazarlas con paz mental y comprensión, para mí, mi hermano y mis padres adoptivos.

Todo se reduce a información y apoyo para todos los que son parte de la tríada de adopción.

Ahora tengo mis propios hijos y he experimentado, por primera vez, lo que es tener parientes biológicos. La curiosidad por mi propio pasado comenzó a crecer en mí. Desde entonces me hice un test de ADN, me conecté con unos pocos primos lejanos y me embarqué en un viaje de sanación.

Hoy, estoy comprometida a decir mi verdad y difundir información que ayude a que la voz de los hijos adoptivos sea escuchada. No me opongo a la adopción per se, pero defiendo la preservación de la familia. Lo que sí deseo que suceda, y comparto este punto de vista con muchos de mis compañeros que son hijos adoptivos, es que la gente esté dispuesta a escuchar nuestro lado de la historia. Especialmente los futuros padres adoptivos. Lo que tenemos que decir no es todo bueno, pero abrazar la verdad completa de lo que tenemos que compartir sobre nuestras experiencias y nuestras vidas es útil para entender a un niño adoptado y poder ser el padre que ese niño necesita.

Amanda M. es traductora de inglés, está casada y es madre de dos hijas. Además, es una fuerte defensora de la preservación de la familia y está trabajando para elevar las voces de los hijos adoptivos a través de su blog This Adoptee Life, donde comparte su propia historia, e invita a otros hijos adoptivos a compartir las suyas.

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*El grupo La Voz del Hijo en Facebook es un grupo cerrado exclusivamente para quienes son hijos adoptivos.