Florencia L. – PARTE 2

Mi nombre es Florencia Lalor. Soy hija adoptiva y lo sé desde que tengo memoria.

Siempre lo supe.

Cuando cumplí 24 años decidí buscar a la mujer que me dio la vida. Mi mamá se encargó del trámite que había que hacer, en el juzgado donde se formalizó mi adopción, para obtener la información de mi madre biológica. Una vez que supe su nombre y apellido, empecé a buscarla.

Lo primero que hice fue agarrar una guía telefónica (en el año 2004 todavía no teníamos los recursos de las redes sociales que tenemos hoy), y para mi gran sorpresa la encontré literalmente en 10 minutos. No había ninguna persona con su nombre y apellido, pero sí había 10 personas con su mismo apellido. Entonces, decidí llamar a la primera persona de la lista y resultó ser que esa era su casa, pero la línea telefónica estaba a nombre de su hija.

No lo podía creer. Me puse tan nerviosa que colgué el teléfono. Después de ese primer contacto (aunque no fue realmente un contacto) tuve que dejar pasar varios meses para procesar el hecho de que finalmente sabía quién era, dónde estaba y que tenía una hija.

Después de cuatro meses, decidí escribirle una carta en la cual le explicaba quién era y le decía que sólo quería conocerla, saber de ella, y agradecerle por haber tenido el valor de entregarme en adopción buscando lo mejor para mí.

Florencia L.

Además, en la carta le aclaraba que no quería entrometerme en su vida ni causarle ningún problema. Pasaron seis meses y no tuve noticias. Así que un día, no pude esperar más y decidí llamarla. No sé de dónde saqué el valor para hacerlo, pero lo hice. Agarré el teléfono sin pensar demasiado, y con el corazón latiéndome más rápido que Schumacher en una carrera de Fórmula 1, la llamé. Esta vez ella atendió el teléfono y cuando le dije mi nombre, enseguida me dijo: “Hola Florencia, recibí tu carta”. Y entonces empezamos a hablar.

Me habló de la misma manera que cualquiera le habla a un extraño, y eso estuvo bien para mí. Accedió a reunirse conmigo, por lo que dispusimos un día y una hora.
Pero cuando el día finalmente se acercó, me canceló. Me desilusioné. Aunque me lo pospuso, no me lo canceló para siempre. Y cuando llegó el día de ese segundo posible encuentro, nuevamente me canceló.

Tres veces… tres veces me canceló.

Intenté ponerme en su lugar, y pensé que probablemente estaría demasiado nerviosa. Así que decidí darle tiempo y espacio.

Dejé pasar varios meses y luego volví a llamarla, pero sólo para saludarla, no para pedirle que se reuniera conmigo (sin presiones). Y así… pasó un año.

Llegado el año 2005, la llamé nuevamente y en esa ocasión me invitó a su casa y no me canceló.

Nuestro primer encuentro estuvo bien.

Honestamente, me sentí como cuando conozco a cualquier persona por primera vez. Pero sí, estaba muy nerviosa. Pienso que tal vez es tanto lo que hay que manejar a nivel emocional que uno bloquea las emociones auténticas. Le mostré fotos mías de cuando era una beba y una niña, y ella también me mostró fotos de su familia. Y después de “romper el hielo”, le pregunté si podía decirme la razón por la cual había decidido darme en adopción. Le expliqué que necesitaba saber el por qué.

Pareció estar cómoda con mi pregunta. Supongo que se la esperaba.

Me contó que cuando yo nací, ella ya era madre soltera (tiene otra hija que es 10 años mayor que yo y nacimos exactamente el mismo día), y vivía en la casa de su tía con su otra hija. Aparentemente, su tía le dijo que si tenía otro hijo ya no sería bienvenida para quedarse allí. Elisa, mi madre biológica, era enfermera y tenía un trabajo, pero me dijo que no hubiera podido permitirse el lujo de cuidar a dos niñas.

También le pregunté por mi padre biológico y me habló un poco de él. Me contó que después de quedar embarazada nunca más se volvieron a ver. No pregunté muchos detalles. No sabía cómo hacerlo. Supongo que estaba nerviosa y no quería incomodarla. Me confesó que su otra hija no sabía de mi existencia. Le había ocultado su embarazo y nunca le dijo que yo había nacido.

Elisa también quería saber de mí y de mi vida. Cuando le conté que mis papás se divorciaron cuando yo tenía 10 años, me di cuenta que no le gustó lo que escuchaba. Supongo que ella siempre pensó que al darme en adopción iba a tener una vida perfecta y al darse cuenta que no había sido así, se sorprendió.

Nuestro encuentro duró aproximadamente 2 horas. Al despedirnos, prometimos estar en contacto. Y lo estuvimos, durante el primer año después de conocernos.
A fines del año 2005, me casé y me fui con mi marido a vivir a Nueva York, Estados Unidos. Vivimos ahí 5 años.

Durante mi primer año en Nueva York, Elisa me llamó un par de veces y nos vimos nuevamente cuando viajé a casa para pasar las vacaciones. Almorzamos juntas una vez más y fue agradable.

Después de ese almuerzo perdimos el contacto. No sé por qué.
Personalmente, creo que yo necesitaba mucho tiempo para procesar todo esto, y probablemente ella también.

Pasaron trece años, y a principios del año 2018 me contacté con Elisa otra vez. Le pregunté si nos podíamos ver y me dijo que sí.

 

Nos encontramos un día de semana por la tarde, en una cafetería.

Elisa estaba nerviosa, pero fue muy amable. A pesar de que en ese momento ya tenía 73 años, era evidente que todavía le cuesta reunirse conmigo. Por eso, le estoy muy agradecida de que hubiera aceptado verme.

Me preguntó sobre mi vida y yo le pregunté sobre la suya. Hablamos un rato y le expliqué que la razón por la cual había querido verla era porque quería averiguar acerca de mi padre biológico. En el año 2005 ella me había dado su nombre, aunque no pude encontrarlo. Por eso necesitaba más información. Me dio lo que le pedí y después de varias horas, una vez más nos despedimos. Nos dimos un prolongado y fuerte abrazo.

Sentí que ella no me quería dejar ir. No me soltaba.

Aun hoy pienso en ese abrazo, y sinceramente me entristece.

Me pregunto si Elisa no se habrá perdonado a sí misma por haberme entregado en adopción (cuando la conocí le dije que nunca le tuve rencor por ello), y tal vez su culpa no le permite abrirse completamente conmigo. O tal vez le costó tanto entregarme que lo bloqueó para no sufrir y hasta el día de hoy sus sentimientos al respecto siguen tan bloqueados y guardados en lo más profundo de su ser que no puede sentir nada al respecto. Tal vez simplemente no le interesa. No lo sé…

Yo todavía me pregunto ¿por qué? Nunca entendí bien por qué me entregó en adopción.

Tenía 35 años cuando yo nací. Ya era madre soltera, sí, pero era enfermera… y siempre tuvo un trabajo. Creo que tenía recursos… honestamente pienso que hay una parte de su historia que todavía desconozco.

Supongo que hay cosas que tal vez nunca pueda comprender y, sin embargo, debo aceptar.

Después de mi tercer encuentro con Elisa, y gracias a la información que me dio, pude encontrar a mi padre biológico a través de Facebook.

Sólo hablamos por teléfono. Fue muy amable y afectuoso conmigo. Me dijo que no sabía de mi existencia. Me contó que salió con Elisa un tiempo, pero un día ella le dijo que no lo quería ver más y así sucedió: no se vieron más y él nunca se enteró que yo nací.

Hoy tiene 69 años, es jubilado, y nunca se casó ni tuvo hijos. Estaba muy sorprendido y me dio la sensación de que se puso contento cuando le dije que soy su hija. Nuestra conversación telefónica fue larga, agradable. Parece ser un buen hombre. Sentí paz. Todavía no lo conocí en persona. Le estoy dando el tiempo que me pidió, para procesar todo esto. Yo estoy ansiosa y pienso en él casi todos los días, y espero que decida llamarme de nuevo.

Todos en mi familia (adoptiva) saben sobre mis búsquedas y encuentros. Mi papá se alegra por mí. Me apoya en esto. Para mi mamá es más difícil. Me apoya, pero yo me doy cuenta de que es no es fácil para ella, y por eso agradezco mucho su ‘tratar de entenderme’.

Finalmente, estoy en paz. Tengo dos hijas, un marido que me quiere y al que quiero. Supe conformar una familia que me completa.

Ser hija adoptiva es parte de quien soy. No lo cambiaría.

Mi vida no fue perfecta. Mis padres adoptivos no fueron ni son perfectos (ningún padre lo es). Pero me quieren e hicieron lo mejor que pudieron. Y supongo que mis padres biológicos también actuaron como mejor supieron.

Gracias por leerme.

Florencia Lalor es psicóloga y consultora especialista en adopción.
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