Roberto C.

Mi nombre es Roberto. Nací en el año 1963, en San Martín, provincia de Buenos Aires.

Mi papá pertenecía a una familia ensamblada. Tenía muchos hermanos por el lado de ambos padres. Mis abuelos paternos vivían en Córdoba y cuando murieron, mi papá y mis tíos se fueron a vivir a Buenos Aires.

Mi mamá se llamaba Yolanda del Carmen. Era una mujer muy bonita, muy elegante y muy alta. En cambio, mi padre era petiso, tenía rulos y cara redonda.

Mi papá era muy violento con mi mamá.

Mis recuerdos de Buenos Aires son vagos, pero los tengo. Recuerdo que vivíamos en un conventillo que quedaba en Tropezón. Nuestra casa era una sola habitación en la cual dormíamos todos y, en la cual también había una mesa de madera oscura sobre la que comíamos.

Yo soy el mayor de 3 hermanos de misma madre y mismo padre. Cuando yo tenía 4 años, mi hermano del medio 2 años, y mi hermano menor 21 días de vida, nuestras vidas cambiaron para siempre.

Roberto C.

Un 21 de septiembre, a las siete de la tarde (recuerdo que era el atardecer), mi Mamá estaba afuera de la casa. De repente se asomó por la ventana y apuntó con un arma hacia adentro de la habitación y le disparó tres tiros a mi papá.

Recuerdo que él había llegado de trabajar y tenía puesta una camiseta blanca sin mangas. Mi mamá acertó con los tres tiros, y mi papá enseguida logró tirarme debajo de la cama. Hoy pienso que mi papá probablemente me salvó la vida porque mi mamá simplemente apretó el gatillo y disparó.

Me papá cayó arrodillado a los pies de la cama. Mi hermano y yo llorábamos. No entendíamos nada. Mi mamá se asomó por la ventana y me dijo que fuera con ella. Entonces, yo me subí a la mesa y salté por la ventana para ir con ella.

Los vecinos se empezaron a acercar a la casa para ver qué había pasado.

Mi mamá nos agarró la mano a mis hermanos y a mí, y nos fuimos en colectivo a la comisaría. Cuando llegamos, se entregó.

Sentado, en un banco frío de la comisaría, con mi hermano, fue la última vez que vi a mi madre: esposada. La vimos pasar a lo lejos. Ella nos miró, y esa fue la última vez que la vi.

Después de que mi mamá se entregó a la policía, mis hermanos y yo fuimos a vivir con nuestros tíos. Pero mis dos hermanos se quedaron en Buenos Aires. Yo me fui a vivir a Neuquén con un tío que vivía allá.

En esa época, la sociedad trataba a los niños huérfanos como ‘bastardos’. Nos diferenciaban y nos hacían sentir desprotegidos. Me sentí muy discriminado.

Pero, después de un tiempo de vivir en Neuquén, me adoptó mi Mamá Lula.

Lula no había podido tener hijos. Cuando supo que yo había llegado de Buenos Aires y que mi papá había fallecido y mi mamá no me podía cuidar porque estaba en la cárcel, decidió ir a conocerme.

Me fue a visitar y con el tiempo, sus visitas se hicieron costumbre. Me trataba muy bien.

Después de un tiempo, me invitó a su casa y un día me preguntó si me quería quedar a dormir. Había una pieza para mí solo, con una cama de madera y un bambi pegado en la pared.

Lula estaba casada. Su esposo era carnicero.

Un tiempo después, ambos me preguntaron si me quería quedar a vivir con ellos y por supuesto dije sí. Y me quedé. Recuerdo el día que me acerqué a Lula, a quien yo le decía ‘Tía Lula’, y le pregunté si le podía decir ‘Mamá’. Ella perdió el equilibrio y me dijo: “Si vos querés sí”.

Lula y su esposo eran personas muy estrictas. Además, no se llevaban bien entre ellos. Peleaban mucho y a los dos años de vivir con ellos, terminaron separándose. Él se fue y no lo volví a ver. Me quedé con mi mamá, que empezó a trabajar haciendo corte y confección y por suerte le fue bien y a mí nunca me faltó nada.

Después de un tiempo de estar viviendo con mi mamá, mi adopción finalmente se formalizó en el juzgado. Mi tío, el que me había llevado desde Bs. As. a Neuquén, se reunió con mi mamá y le dijo: “No va a estar en mejores manos que en las suyas”. Se despidió y se volvió a Bs. As. La verdad es que ese tío mío nos cuidó, como pudo.

Mi mamá, Lula, me crió de una manera muy firme, con mucha disciplina. Si me sentaba a comer en la mesa, no me podía levantar por absolutamente ninguna razón. Si quería ir al baño cuando estaba comiendo, no podía. Toda mi vida, mi crianza fue muy estricta. De hecho, nunca tuteé a mi mamá. Siempre le hablé de ‘usted’.

Lo más importante que hizo mi madre fue mandarme al colegio al que me mandó. Era un colegio católico, de curas.

Yo no soy creyente. No creo en Dios, pero sí creo en la comunidad. Creo mucho en los curas que me educaron, que fueron personas fabulosas y me trataron siempre de igual a igual y me dieron muchísimas oportunidades.

En mi colegio, nadie sabía que yo era adoptado. Entonces, las personas de mi entorno no me hacían sentir distinto, sino que yo me sentía diferente. Yo ‘era adoptado’, y lo sentía constantemente.

Tal vez tuvo algo que ver el hecho de que la familia de mi mamá sí me hacía sentir que yo era ‘el adoptado’. Nunca me trataron como parte de la familia. A mí siempre me dejaban para lo último. Siempre sentí que tuve que ganarme como un derecho de piso por no ser parte de la familia de manera biológica. Todos mis primos se iban de vacaciones y a mí me dejaban afuera. Todos se juntaban para ir a una cena y a mí no me invitaban. Solo me invitaban cuando invitaban a mi mamá, sino no lo hacían.

En el colegio secundario conocí al Padre Sabino. Un día el padre quiso venir a mi casa a conocer a mi mamá. Lo llevé, y cuando la vio le dijo: “Señora, me lo llevo este fin de semana. Va a venir a un campamento conmigo”. Y desde ese fin de semana, nunca más hasta 5to. Año, yo dormí un sábado o domingo en mi casa. Iba a misionar siempre. El Padre Sabino fue un referente muy importante en mi vida. Aprendí mucho de él. Además, el colegio, esa institución educativa, tuvo una muy buena influencia en mí. Me aceptaron y me enseñaron valores que siempre me ayudaron a seguir adelante.

Asimismo, en mi último año del secundario, me hice muy amigo del hijo del gobernador de Neuquén. Llegamos a ser íntimos amigos. Yo era adoptado y pobre, y él ‘me abrió la puerta y yo le abrí la heladera de su casa’. La familia de él también me enseñó otra forma de vivir, otra forma de pensar. Fueron muy abiertos para conmigo y me dieron muchísimo. Me dieron confianza. Me aceptaron como un igual. A mí me gustaba mucho escuchar hablar al padre de mi amigo. Fue una época espectacular.

Mi grupo de amigos del secundario se enteró que yo era adoptado cuando estábamos en el último año. Y nunca alguno hizo una diferenciación. Pero yo sí me sentía diferente por ser adoptado.

Con el paso de los años, aprendí que la adopción no es un estado, es solamente una forma de ser familia. El ‘ser adoptado’ genera un estigma. Yo hoy prefiero decir que ‘fui adoptado’. No existen las madres del corazón ni los hijos del corazón. Somos hijos, como todos, con plenos derechos. Y los padres adoptivos son padres con plenos derechos y responsabilidades, como cualquier padre.

Hoy puedo decir que soy un hombre feliz. Soy un hombre afortunado. Tengo tres hijos a quienes amo y disfruto todos los días. Y encontré ‘la montaña’ como un estilo de vida. Soy montañista, e instructor. Me gusta ir a la montaña, con gente y también solo. En la cima me gusta encontrarme con otras personas y también conmigo mismo, en la soledad del abismo. Llegar a la cima de una montaña genera ganas del ‘encuentro’. El logro personal de escalar una montaña y llegar a la cima, me da mucha felicidad, sí. Pero esto es solo una parte. La verdadera cumbre es el deseo que me genera de volver a bajar para encontrarme con los míos. Con mis hijos, con mis vecinos, con mis alumnos, con mis compañeros.

Desde mi día 1 en este mundo, he ‘escalado muchas montañas’ y lo sigo haciendo. Pero también he llegado a la cima, sí. Hoy me siento pleno, soy feliz.

                      

Florencia Lalor is a psychologist and a specialist adoption consultant.

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