Minnie.

Mi nombre es Minnie. Mi hermana melliza se llama Lola. Nacimos en la Ciudad de Buenos Aires en el caluroso mes de febrero de 1968. Parece que de las dos, a mí me tocó ser la más frágil y por eso tuve que estar internada un tiempo; separada de mi hermana. Por eso, llegué a casa unos días más tarde que Lola, en brazos de la abuela Chicha que me fue a buscar al Hospital Rivadavia.

Todos saben la revolución que se arma en una casa con la llegada de mellizos.  La nuestra no fue la excepción. Cuando finalmente estuvimos las dos en casa, ya teníamos cuatro meses de edad y muy bajo peso.

Crecimos escuchando cuentos sobre la falta de sueño, del apuro por conseguir dos cunas, de las miles de latas de S26 que tomábamos, de las visitas diarias del Dr. Bonano para controlar nuestro peso.

Durante toda nuestras vidas escuchamos relatos sobre como las abuelas tejían escarpines y enteritos, y sobre la cantidad de pañales que había que lavar.

Con el tiempo, los viejos nos enseñaron “cómo nacen los bebés”. Nos explicaron esto como un tema totalmente diferenciado de la paternidad. Tal vez por eso nunca tuve ningún rollo con el tema de la adopción.

De hecho, con seis o siete años iba por los pasillos del colegio explicando que ya había terminado el juicio de nuestra adopción porque el juez había dictado sentencia. Además, contaba que mis papás ya habían iniciado un nuevo trámite para adoptar a mi hermano Juani.

Minnie.

Siempre me llamó la atención que los grandes me dijeran: “no se puede negar que sos hija de tu madre”, o “sacaste los ojos de los Fuentes”, o “lo llevas en la sangre”, porque claramente no había ninguna razón biológica para mis parecidos con mi familia adoptiva.

¡Cuanto empeño ponen los adultos en encontrar parecidos entre abuelos, padres e hijos! ¿Será por eso que siempre tuve curiosidad por conocer el rostro al que –de verdad- me tenía que parecer?

¿O será por aquél comentario horrible que una vecina le hizo una vez a mamá? “Ojo, tené cuidado con estos chicos, porque la sangre tira, anda a saber de dónde vienen”.

El caso es que enfrentando los miedos, los comentarios maliciosos y vaya a saber cuántas cosas más, los viejos -que ya no están- se pasaron años y años dándonos información, así, como quien no quiere la cosa.

Entones, supe mi nombre anterior. ¡Sí! Antes me llamé Lidia Ethel, y también tuve otro apellido, el de ella. Otro dato: no había un “él”.

Como en muchos casos, “ella” había sido abandonada.

Me enteré por mis papás que su nombre era Justina y que era de Mendoza, pero vivía en Buenos Aires. También supe por ellos que un par de años después de nuestro nacimiento, había tenido otro bebé y también lo había dado en adopción.

Además, me contaron que había una oficina del estado que tenía mi expediente y que cuando quisiera podía ir a verlo.

A veces, contaban que habían pasado diez años tratando de ser padres, hasta que descubrieron que era papá quien no podía tener hijos.

Como casi todas las parejas -y de esto me di cuenta ya de grande- eligieron el camino de la adopción cuando les falló el plan A y el plan B.

La anécdota que más me gustaba escuchar era la del llamado del juzgado diciendo que había mellizas de cuatro meses y bajo peso buscando familia. Mamá decía que le costó convencer a papá, porque él tenía mucho miedo de tener dos bebés de golpe. Papá la contradecía. Él afirmaba que nos engordaron con leche y amor.

Yo creo en el derecho del niño a crecer en familia.

Por eso pienso en la adopción como un plan en el que abuelos, tíos y amigos deben comprometerse. Así como no hay una sola manera de convertirse en padre, tampoco hay una sola manera de convertirse en abuelo o tío. La adopción es un tema de todos.

Así, fuerte por haber crecido en una familia amorosa y honesta hasta la médula, un día salí a buscar el rostro de la mujer que me parió.

Fue una aventura de años, en la que me acompañaron mi marido y una gran amiga. En una época hicimos con ella una febril búsqueda casi de película, haciendo espionaje, ya que mi ansiedad no cuadraba con los plazos y procedimientos del Consejo de Niños, Niñas y Adolescentes.

Cuando estaba por claudicar, recibí un mensaje que decía: ‘ME ESTABAS BUSCANDO, ME ENCONTRASTE’.

Supe inmediatamente que era mi hermano, el otro bebé que Justina había entregado en adopción.

Ernesto había iniciado su propia búsqueda bastante herido, ya que se había enterado de grande que era adoptado. Sin embargo, cuando supo que tenía hermanas mellizas, no paró hasta encontrarnos.

Reunimos los datos que ambos habíamos colectado separadamente y dimos con unas hijas de Justina. Después de las mellizas y de Ernesto, ella había tenido cuatro hijos más.

Creemos que Justina tiene alguna clase de padecimiento mental que le impidió ser medianamente empática con nuestra búsqueda.

Suponemos que su pasado debe haber sido muy difícil ya que tanto a su actual marido como a sus cuatro hijos les ocultó su pasado de embarazos y entregas.

A nosotros tampoco nos quiso contar ese pedacito de historia que –creemos- nos pertenece. Tampoco quiso contarnos quién es “él”.

Esto me enojó un buen tiempo. Pero con el paso de los meses fui entendiendo que su historia no es la mía y que no me tiene que afectar.

No la volví a ver, y ya me estoy olvidando de su cara, que en nada se parece a la mía. Cada vez soy más parecida a mamá.

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Minnie es abogada y mediadora. Es madre de dos hijos, le gusta correr y se siente feliz de ser quien es.

 

 

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