Julieta M.

Nací el 21 de marzo de 1991, en Santa Fé Capital.

Llegué a mi casa teniendo pocas horas de nacida.

Tengo una hermana que es nueve años mayor que yo, quien también es hija adoptiva, y no somos hermanas biológicas.

Sé que soy adoptada desde que tengo uso de razón.

Mi papá adoptivo fue siempre quien me contaba ‘la historia de mi adopción’. Recuerdo haberle pedido que me la contara muchísimas veces. Se lo pedía, no porque no recordara la historia con exactitud, sino para ver si de casualidad se le escapaba algún detalle más. Para mi decepción su relato de la historia era siempre el mismo.

Me acuerdo hasta el día de hoy del nudo que, en ocasiones se me formaba en la garganta, cuando mi papá me decía que mi mamá biológica no había podido criarme y que él no sabía por qué.

Julieta M.

Hoy pienso que para ser tan chica, ya tenía muchas preguntas sin respuesta. Estos interrogantes mantenían mi mente siempre ocupada, pensando, rumiando, o como me decían en mi casa y mis amigas: ‘en las nubes’.

Siempre voy a estar muy agradecida porque me han dicho la verdad desde que, como ya mencioné antes, tengo uso de razón.

Mi verdad y la de todos los hijos adoptivos, es una verdad que se resignifica en cada etapa de la vida. Nuestra verdad se revive de manera inconsciente y se siente en cada separación, duelo o despedida. Y es una realidad con la cual a veces nos peleamos, la desmentimos, o la ocultamos, hasta que finalmente un día la abrazamos. Tal vez como sucede con todas las realidades difíciles y tempranas.

El tema de mi adopción y la de mi hermana no era algo tabú en mi casa, pero se hablaba del tema menos de lo que a mí me hubiese gustado. Mi mamá adoptiva tenía muchos miedos e inseguridades al respecto, sobretodo cuando yo afirmaba querer conocer, en algún momento de mi vida, a mi mamá biológica y a mi familia biológica.

Mis papás nunca me negaron conocer mis orígenes, pero siempre me decían que esperara a ser mayor. Pasaban los años y cuando ya era más grande, me decían que esperara a la mayoría de edad. Así fue pasando el tiempo, hasta que finalmente, fue mi mamá biológica la que me encontró a mí.

Conocí a mi mamá biológica, Mariana, cuando tenía 20 años. Nos reunimos por primera vez, en la casa de uno de mis tíos (adoptivos), a quien agradezco profundamente el apoyo que nos ofreció a mí y a mi familia en ese momento.

En ese primer encuentro, Mariana me mostró fotos de mis medias hermanas biológicas, a quienes sí tuvo la oportunidad de criar. Un tiempo después también las conocí en persona.

Hoy en día mantengo un vínculo muy lindo con una de ellas.

Siempre supe en mi interior que, tarde o temprano, iba a conocer a mi mamá de origen. Lo sentía en el alma. Nunca la juzgué, ni condené, ni sentí resentimiento hacia ella. Sin embargo, sí me dolía mucho pensar en que había sido ‘abandonada’, no querida. Yo pensaba que tal vez había algo malo en mí, por lo cual los demás no podían quererme, porque si la persona que más debería haberme amado me dejó… ¡imagínense el resto!

Con el tiempo, entendí que Mariana tomó una decisión valiente y amorosa. Y así pude resignificar mi historia. Pude verla desde una perspectiva menos aflictiva, y más objetiva.

Desde mi punto de vista, la sociedad en general es muy rápida para condenar y juzgar aquello que no entiende. Además, somos parte de una sociedad muy machista, en la cual nadie cuestiona la responsabilidad del padre biológico.

Mariana me dio la posibilidad de tener una familia, y además, le dio a mis padres adoptivos la posibilidad de ser padres (algo que deseaban mucho).

Con el paso de los años, también comprendí que nada fue mi culpa. Entendí que mientras yo hacía el esfuerzo por nacer, había varios adultos tomando decisiones por mí, de las cuales yo no soy responsable en absoluto. Parece una pavada, algo simple, pero me costó mucho trabajo terapéutico llegar a esta comprensión desde lo anímico, y dejar la culpa atrás.

Se que Mariana proviene de una familia muy humilde. Me tuvo a los 20 años, producto de una relación con un señor que, a la par de su relación con ella, tenía otra pareja e hijos. Ella se enteró de esto cuando ya estaba embarazada de mí, y finalizó su relación con él.

Crecer como hija adoptiva, para mí fue diferente según la etapa de mi vida.

Al principio y con la espontaneidad e inocencia que tenía de niña, me parecía lo más ‘normal’ del mundo y se lo contaba a mis compañeros, recuerdo, en primer grado (generando todo un revuelo, que hizo que la maestra citara a mi mamá).

Durante mi adolescencia, mis padres se separaron. Su separación fue muy conflictiva. Además, tuve las dificultades esperables de esa etapa, y entonces, se complejizaron bastante mis sentimientos con respecto a mí misma y a todo lo que me rodeaba. Empecé a tener mucha vergüenza de contar que soy adoptada, y el tema me generaba mucha angustia. Llegué al punto de no poder hablar sobre el tema con quienes me preguntaban, incluso con mis amistades más íntimas.

Después de mucho trabajo terapéutico (y charlas con personas que me contienen desde el amor cuando necesito hablar), hoy en día lo siento como un aspecto más de mi persona, y lo cuento con naturalidad. Además, me hizo muy bien unirme a una comunidad de hijos adoptivos, en donde me siento principalmente comprendida y escuchada.

Las personas que fuimos adoptadas tenemos mucho para contar, aprender y enseñar sobre lo que nos pasa. Todavía somos un grupo de individuos que se encuentra invisibilizado.

La adopción para mí es un corazón abriéndose como una ola gigante que se traga todos los prejuicios y los lleva al fondo del mar. La adopción es ser feliz a pesar de la incertidumbre; es aprender a convivir con el misterio del amor y del dolor. Sentir como hijo o hija, mamá o papá, hermana o hermano, sentir como familia a alguien que no es de tu misma sangre es una experiencia a la que deseo que todos nos animemos, porque te abre la mente y el alma. Dicha experiencia te enseña sobre empatía, sobre los vínculos, y borra de alguna manera las barreras que solo las personas nos inventamos y que nos impiden amar a otros.

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Julieta es psicóloga y sueña con poder acompañar a

otros hijos adoptivos en sus propios recorridos. Le gusta la

literatura y la escritura como herramientas para que hijos

adoptivos se expresen y sanen.  

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