Clara C.

Nací en la ciudad de Bariloche, provincia de Río Negro, el 14 de Mayo de 1988.

A mis dos días de vida, el 16 de Mayo, fui entregada en adopción a mis papás.

Toda mi vida supe que soy hija adoptiva. Pero lo bloqueé durante muchísimo tiempo.

Para mí, cuando mis compañeros de colegio me decían: “Sos adoptada”, era el peor insulto que me podían decir. Cuando mis amigos me preguntaban si era cierto que yo era hija adoptiva, yo siempre les respondía que no lo era, sino que la que era adoptada era mi hermana.

Cuando cumplí 15 años, podría decir que tuve una crisis existencial. Fue entonces que decidí empezar la búsqueda de mi madre biológica, para lo cual siempre tuve el apoyo absoluto de mis papás. De hecho, el único dato que yo tenía de mi madre biológica era el barrio en el cual ella vivía, en Bariloche. No tenía una dirección exacta. Mi papá contrató una persona que nos ayudó a averiguarla.

En el mes de Enero del año 2003, con la ayuda y el apoyo incondicional de mis padres, emprendí un viaje eterno, en auto, desde Daireaux (Provincia de Buenos Aires) hasta Bariloche. Viajé con mis Papás, y con una muy amiga mía y su Mamá. Llegamos un día de semana a las siete de la tarde y, al día siguiente fue el primer encuentro de esta larga historia.

Clara C.

Esa noche, previa al encuentro, me costó muchísimo dormir. Tenía terror al rechazo. Tenía miedo a que ella no me quisiera ver ni recibir.

Finalmente, el día llegó. Nos levantamos, desayunamos y fuimos (mi Mamá, mi Papá y yo) directo a la casa de mi madre biológica, la cual quedaba bastante lejos del hotel. Llegamos a la puerta y no me animaba a golpear. Ella no sabía que íbamos. Recuerdo que mi corazón latía tan rápido que parecía que se iba a salir de mi cuerpo.

Al final, fue mi Mamá quien tocó la puerta, y mi madre biológica, Susana, fue quien la abrió. Entre en pánico total cuando vi su cara. En ese preciso momento, el tiempo se congeló para mí. Esa pregunta que me hacía hace muchos años ya tenía respuesta: ‘Sí me parezco a alguien, y mucho’.

El tiempo se descongeló y Susana nos pidió que la esperásemos en un playón del barrio. Nos dio las indicaciones de cómo llegar allí, y nos fuimos (hoy sé que no nos invitó a pasar a su casa porque estaban sus otras hijas, quienes todavía no sabían de mi existencia).

Al ratito llegó ella. Se bajó del auto, se presentó, y me abrazó. Se largó a llorar y me pidió perdón.

Yo tenía miles de preguntas, que me había hecho por años, pero no pude preguntarle ni una. Me quedé muda. Entré como en un estado de shock.

Al otro día, nos volvimos a encontrar y en ese segundo encuentro sí pude hacerle la pregunta que pienso que tenemos todos los hijos adoptivos: “¿Por qué?”. No la pudo responder.

Le pregunté si tenía más hijas y me contestó que sí. Tiene 5 hijas más que, como ya mencioné antes, en ese momento no sabían de mi existencia. Y me aclaró que no estaba preparada para contarles.

Sentí muy fría su actitud hacia mí, y eso me dolió muchísimo. Me enojé, y mi enojo duró mucho tiempo. Enojo con toda la situación y conmigo misma. Volví a bloquear mi historia. Creí poner un FIN, sin saber que en realidad ese era el comienzo de un largo proceso de sanación y perdón.

Hoy, muchos años después, y yo ya siendo una mujer adulta, me doy cuenta que hice esta búsqueda desde el lado del enojo.

A mis 23 años, después de haberme convertido en madre a los 21, me di cuenta de que necesitaba volver a indagar en mi historia porque no estaba cerrada. Quería conocer a mis hermanas. Entonces, una vez más intenté ubicar a Susana. No lo conseguí. Pero gracias a Facebook me contacté con una persona que tiene su mismo apellido y resultó ser su primo. Este primo de Susana, muy amablemente, movió cielo y tierra para conseguirme su número de teléfono.

En Enero del año 2012, con Ale (mi pareja), emprendimos un viaje relámpago hacia Bariloche. Cuando llegamos le mandé un mensaje a Susana contándole que había vuelto para conocer a mis hermanas. Su respuesta tardó un segundo. Me compartió la dirección del lugar en donde estaban ellas.

Al día siguiente, Ale y yo, subimos a su barrio con muchos nervios. Esta vez me sentía muy diferente a la primera vez que había ido. Llegamos al lugar, y ni bien paramos el auto, se abrió la puerta y salieron mis cinco hermanas. Nos abrazamos fuerte como si el tiempo y la distancia no hubiera existido nunca entre nosotras. Después, charlamos y nos reímos. Fue un día increíble.

Mi historia estaba dejando de doler; estaba cicatrizando. Esa semana en Bariloche, fue una semana en la cual solo disfruté con ellas. Nos estábamos dando una segunda oportunidad.

La vida continuó y nuestras relaciones crecieron muchísimo. Hablábamos por teléfono. Nos visitábamos. Mi historia estaba casi cerrada, pero me faltaba una sola cosa para poder poner un punto final: mi papá biológico.

Se acercaba mi cumpleaños en el 2018 y decidí festejarlo en el lugar que me vio nacer. Entonces, el día 13 de Mayo me fui hacia allá, con mi marido.

Todas las veces que fui a Bariloche mi sensación fue siempre la misma: de muchos nervios.

Por suerte, fueron días muy lindos. Me sentía muy bien.

Una tarde, fuimos a la casa de Susana para esperar a mis hermanas. Estábamos los tres, sentados, conversando. A mi marido justo lo llamaron por teléfono del trabajo. Cuando me di cuenta, finalmente estaba sola con ella. Era mi oportunidad. Yo era una persona diferente que la chica de 15 años que la vio por primera vez. Ya era madre de cuatro chicos, y comprendía perfectamente su dolor. Me animé y le pregunté muchas cosas. Hablamos durante horas.

Sus respuestas no fueron las que yo esperaba. Me sorprendieron. No pudo darme información de mi padre biológico, y me contó que ya había dado un hijo en adopción antes que a mí.

Fue en ese momento, después de esa conversación, que comprendí que mi herida ya se había cerrado. La entendí, la abracé y le agradecí por darme la oportunidad de vivir y tener una familia.

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Clara está casada y es madre de 4 hijos.

Actualmente vive en Cañuelas, Provincia de Buenos Aires.

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